Y comenzaron los
balbuceos, lo hacía, pero no siempre.
En pequeños lapsos de tiempo, cuando no
estaba con la mirada fija en el horizonte.
Luego comenzaron las risas, fuertes,
sin motivo. Muchas veces llegué a pensar que alguien más nos
acompañaba y lo hacía reír, en otra dimensión. Cuando yo lo intentaba, no
siempre lo lograba.
Sólo llegaba a ver la profundidad de sus inmensos ojos.
Caminó al cumplir 1 año 8 meses, antes de eso nada, ningún intento.
A los 7 meses lo pusimos en un andador y en un segundo se salió de él, escalando, y llegó a mi lado gateando. Lo encontramos tan peligroso que el andador desapareció de nuestras vidas inmediatamente.
Antes de que caminara por si solo, se me perdió en casa. Lo encontré acostado en el lavamanos de mi baño. Fue aterrador. Nunca supimos cómo se subió ahí.
Simplemente lo bajé y decidimos poner seguros en todas las puertas de la casa.
Mas tardé lloré, por no entender como lo había hecho.
La segunda vez que se me perdió en casa, fue porque quise enseñarle a lavar sus manos y su cara. Abrí la llave, puse sus manos bajo el agua y gritó de dolor.
Cómo entender esa reacción? Traté de calmarlo. Insistí, hice que lavara su cara y cuando fui a tomar la toalla, desapareció.
Comencé a buscarlo por toda la casa, por cada rincón. Revisé la puerta y ventanas que dan a la calle y al patio, estaban cerradas. Revisé mi closet, las piezas de los niños que estaban durmiendo. Nada. Sus hermanos se levantaron, volvimos a buscarlo y lo encontramos en un rincón de mi closet, hecho un ovillo, callado.
Lo saque de ahí y me di cuenta de que no estaba conmigo, lo abracé, lo acaricié y volvió a mí.
Conversando con las tías del jardín nos dimos cuentas de que estas actitudes de escapismo, escalamiento y de esconderse en pequeños lugares eran constantes, así como también su alto umbral del dolor.
Ninguno de mis otros hijos había sido así. Algo diferente había en él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario